¿A qué piso va?

A Mateo Díaz había dos cosas en el mundo que no le gustaban: los ascensores y las personas, aunque no necesariamente por este orden.

Por separado, procuraba evitarlas en la medida de lo posible, y juntas, le provocaban un profundo malestar. Es por ello que, siempre que podía, intentaba subir en el ascensor de su casa completamente a solas, para que a la angustia por el encierro en un cubículo tan estrecho no se le sumara la estupidez de una conversación insulsa y sin sentido.

Aquel día, mientras Mateo subía los cuatro pisos de altura hasta llegar a su rellano sin la compañía de vecino alguno, el ascensor decidió quedarse parado justo entre el tercer y el cuarto piso, en un espacio intermedio sin numeración.

Tras la leve sacudida que sucedió a la parada, su reacción inicial fue de pánico contenido. Por unos instantes se quedó totalmente paralizado, sintiendo cómo el pulso se aceleraba y el estómago se estrangulaba en un nudo. Pasados unos segundos, cuando pudo recuperar el uso de sus facultades, empezó a pulsar todos los botones de los pisos compulsivamente, por ver si alguno de ellos accionaba el mecanismo eléctrico que pusiera en funcionamiento aquel trasto endemoniado, que había querido estropearse justo en el momento más indebido.

Al ver que el ascensor no reaccionaba mecánicamente a sus impulsos, su cuerpo se convirtió en un manojo de nervios. El sudor le caía a goterones por las sienes, los dientes le castañeaban y las manos no dejaban de temblar mientras pensaba de qué modo podía conseguir ayuda para salir de aquella jaula de hierro sin ventanas.

Con el paso del tiempo, el pánico iba creciendo en su interior, demoliendo las barreras de las buenas formas e invadiendo todas sus funciones corporales. Tras pulsar repetidamente el botón de alarma, empezó a gritar en busca de socorro, aumentando el volumen a cada chillido, hasta que la garganta se le secó completamente. En la escalera todo era silencio. Al quedarse sin voz, pensó en utilizar otras partes de su cuerpo para reclamar la atención de los vecinos. Entonces comenzó a golpear las paredes con puños y pies, pero al ver que no conseguía alertar a nadie, en un acto de desesperación absoluta le pegó una tremenda patada a la puerta del ascensor, con toda la fuerza de la que fue capaz. Ante su sorpresa, ésta cedió, derribando consigo el muro de cemento y abriendo un profundo agujero en la pared.

Frente a él se abrió una especie de pasadizo oscuro y angosto, pero suficientemente ancho como para permitir el paso de una persona a gatas a través de él. Pensó que podría ser una vía de salida que condujera a alguna parte de la escalera, así que decidió adentrarse en él para probar suerte. Sin embargo, el pasadizo no parecía tener fin ni destino definido. A medida que fue avanzando a través de él se dio cuenta de que se asemejaba a un laberinto, con sus desvíos, giros, aberturas en varias direcciones opuestas y caminos sin salida. De este modo sucedió que Mateo fue dando vueltas sin rumbo claro hasta que se desorientó totalmente y ya no fue capaz de volver atrás sobre sus pasos.

Cuando fue consciente de ello, cansado de andar a rastras en la penumbra y desesperado por el convencimiento de que nunca podría salir de aquel lugar, se sentó y arrancó a llorar con un llanto suave y desconsolado, resignado a su suerte.

Su mujer, como cada día a la misma hora, tenía el caldo de pollo con fideos listo para servir en la mesa. Le extrañó que su marido se demorara tanto, siendo como era un hombre de costumbres rígidas y horarios cuadrados al segundo. Al cabo de unas horas, el caldo seguía frío sobre el mármol de la cocina.

Desde entonces, Mateo Díaz habita en un espacio entre dos mundos: un lugar donde los polos se confunden, donde arriba es abajo y las brújulas se desorientan; donde las personas andan del revés, con los pies en la cabeza y la cabeza sobre sus pies; donde las conversaciones se mezclan en las voces de un ser sin género ni número exacto; donde los ratones corren por el techo y las arañas se enredan en los cabellos; donde el vapor de las cocinas se mezcla con el vaho de los baños, formando un caldo de ajo y sal; un lugar donde rugen las tripas del agua y del gas; un espacio donde se pierden los alfileres, las monedas, los botones y los hilos, donde se acumulan las heces y los orines diarios, pero también el jabón, el aceite y la lejía.

A menudo, los vecinos del inmueble oyen ruidos de pisadas bajo el suelo, llantos suaves y murmullos cuya voz les recuerda a la de aquel vecino que abandonó a su mujer hace ya unos años…

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3 comentaris on “¿A qué piso va?”

  1. paragrafies escrigué:

    Quina escala més sinistra… buïda, freda, inhòspita. No preguntaré. ;)

    És ben estranya la projecció de la perspectiva, per una estona els ulls s’han d’acomodar a la idea que no és un punt de fuga horitzontal, sinó un contrapicat en vertical…

    y.

    • paragrafies escrigué:

      exacte, tot i que per moments pot arribar a ser ambdues coses al mateix temps…

      te algo aquesta escala que fa que de tant en tant em faci treure la càmera.
      aquesta ja te un temps…

      asimetria

      i estic segur que el mateo díaz hi viu….

  2. paragrafies escrigué:

    ostres, què xula, també, aquesta! i quina visió més diferent del mateix espai…

    en la del bloc el temps es torna nocturn, lúgubre, escenari de terror.
    la de flickr és més diàfana, amb neons de llum de ceràmica, més costumbrista, però igualment freda.

    el Mateo hi viurà per sempre més, enterrat en vida entre dos pisos…

    PD: coses que són una cosa i el contrari, alhora:

    y.


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