La princesa Caracol

Vivía la princesa en un castillo de piedra, siempre encerrada en lo alto de su torre de oro, en una estancia oculta de las miradas ajenas, y rodeada de sirvientes que la agasajaban y respondían a todos sus caprichos. Su andar era tan lento y pomposo que los más atrevidos la llamaban, a sus espaldas, “la princesa Caracol”. Y no es de extrañar que así fuera, puesto que la pobre arrastraba vestidos excesivamente ornamentados con pedrería y puntillas, y rematados con colas muy largas que todavía seguían en la habitación cuando ella ya había torcido la esquina del pasillo que conducía a la sala de juegos.

Caracol, llamémosla así, tenía un don especial. Su cuerpo era menudo y su corsé pesado, pero su mente volaba como la pluma de un cisne a lugares en donde nunca antes había estado. De sus viajes secretos, de los cuales no mencionaba nunca nada a nadie, traía siempre, de vuelta a casa, un objeto preciado que robaba a sus dueños. Un abanico para sofocar los malos augurios, una jaula para los amantes huidizos, una peluca calva para disimular las entradas y salidas de palacio o un espejo del alma, que usaba con mucho cuidado para no despertar la alarma entre los que se vieran reflejados en él…

Un día de tantos, a sus dieciocho años, la princesa trajo consigo, procedente de una vieja biblioteca, un objeto que cambiaría totalmente su destino. Parecía un libro. De hecho, era igual que un libro: cuadrado, encuadernado con piel de vaca y cosido con hilos de algodón dorado. Escritas en él, miles de palabras. Exactamente, dieciocho mil novecientas ochenta, siete por cada página.

Pero no eran palabras normales. No formaban frases con significado alguno, ni parecían tener sentido unas detrás de las otras, sino sólo en sí mismas. Sin artículos, ni preposiciones, ni adverbios… solamente nombres y adjetivos.

Con el tiempo se fue dando cuenta de que el libro estaba vivo, y de que las palabras morían en él a cada día que pasaba. Una por día, en perfecto orden. Esto hizo que prestara mucha atención a cada una de ellas, y en especial, a la que iba quedando como primera palabra del libro, según se iban borrando las anteriores tras cada jornada.

Todas las mañanas, leía dicha palabra para capturar todo su significado, puesto que siempre, sin excepción, aquel vocablo se refería a algo que sería importante para ella durante las siguientes horas. Los acontecimientos se sucedían según lo previsto. “Cucharón”, y en el menú de la comida la esperaba sopa de cangrejo; “nube”, y el cielo se teñía de un color gris plomizo; “ratón”, y aparecía un diminuto animalito entre las grietas de los muros, que escandalizaba a las cocineras… y así, una detrás de otra. Más adelante se sucedieron otras palabras más importantes, como “príncipe”,  “hijo” o “viuda”.

Por temor, nunca leía más allá de cada página, que correspondía exactamente a una semana. Porque al fin y al cabo, sabía que el objeto no era sino el libro de su vida, y que, en la última página, estaría el nombre de la dama que tenía que acompañarla en su último viaje.

Es por esto que, cuando quedaban únicamente un centenar de páginas, inventó un truco para ganarle la partida a su destino. Decidió recortar todas las palabras menos una, y ponerlas en un saco de fieltro negro, debidamente escondido. Cada día, tras agitar el saco, sacaba un pedacito de papel, que volvía a poner dentro después de haberlo leído.

Así, su vida fue pasando lentamente, repitiendo palabras y acontecimientos, y acumulando soledad y ausencias, hasta el día en que Caracol, a sus doscientos veinte años de edad, se cansó de jugar a engañar a la muerte y pensó que sería el momento de poner la palabra, por fin, dentro del saco.

Y así, el día de su doscientos veintiún cumpleaños…

Fin.


5 comentaris on “La princesa Caracol”

  1. paragrafies escrigué:

    M’encanta la foto!! No sé què tindrà la pell de vaca…

    yola

  2. Anna escrigué:

    Molt maco!!!!!

  3. sacacuartos aka sacapuntas escrigué:

    Molt xules aquestes dues darreres propostes, com es nota que amb la proposta oberta tots dos heu carregat bateries!!!
    Apali nois, a fotra-li canya.

  4. afàsic/amnèsic escrigué:

    Septiembre o seca fuentes o lleva puentes..


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