Soledad

Fotografia: Àngels

La mujer abrió la ventana. El olor del mar entró en la habitación y la brisa movió su cabello entrecano. Estaba en camisón, descalza. Al fondo, la cama deshecha. Las sábanas arrugadas. La almohada todavía con la marca de su cabeza. – Otra mala noche. ¿Y cuántas van?… –

Se acodó en el alféizar mirando hacia fuera. Hacia el mar, que a esas horas de la mañana estaba tranquilo, con el reflejo del sol flotando en su superficie. Un barco de vela a lo lejos y la playa totalmente vacía.

Ella recordó otros tiempos más felices. Los veranos pasados allí con sus padres y su hermana. Cómo jugaban a hacer castillos de arena. Cómo iban entrando y saliendo del mar con su cubito rojo para sacar agua y mojar la arena para que se mantuviera en pie el castillo. Cómo luego, cuando pasaba la hora y media de la digestión del desayuno, la tata les dejaba bañarse, siempre eso sí, sin alejarse de la orilla.

Recordó también los tiempos en que ella era ya la madre. Cuando venían en verano a pasar los tres meses de vacaciones lejos del humo de la gran ciudad. Ella se quedaba con los niños en la casona y su marido subía y bajaba (él no podía dejar tanto tiempo el despacho solo). ¡Qué tiempos más felices! Cómo los añoraba… Los chiquillos haciendo, igual que ella en otro tiempo, castillos en la arena y bañándose en el mismo mar. Ella haciendo alguna labor de punto y vigilando constantemente que no se adentraran en el agua.

Ahora viene sola. Su marido, después de todo, lo que no podía dejar solo no era precisamente el despacho sino a su secretaria, con la que ha acabado formando una nueva familia. Sus hijos han establecido su residencia en otro país y, aunque el pueblo costero les trae muy buenos recuerdos, no se desplazan hasta aquí porque les cae lejos. Ella los ve muy de tarde en tarde. Cuando se decide a viajar hasta la población en la que viven, solamente para darse cuenta a los pocos días de estar allí, de que ya no tienen mucho en común y que ella ya no tiene papel en sus vidas. Al fin y al cabo es lo que hemos hecho todos y le parece lógico.

La mujer deja la ventana y atravesando la habitación sale al pasillo. Baja la escalera y abre la puerta de la calle. La luz del sol la ciega por un momento. Atraviesa el pequeño jardincillo y sale a la playa. Desde allí se vuelve a mirar hacia la casa. Cuántos recuerdos deja atrás. Toda una vida….

Llega a la orilla, el mar le moja los pies, las olas cosquillean por sus piernas, huele el salitre. Nota en su cara el calor del sol. Se va internando, cada vez más lejos, cada vez más profundamente. Ha tenido la precaución de ponerse sobre el camisón una chaqueta y meter en los bolsillos un par de grandes piedras procedentes de la ornamentación del jardín. No quiere alargarlo más. Quiere que todo sea rápido…

Text: Lola



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