Entrar sin llamar (lujuria)

La primera vez que la vi la violé con la mirada.

Mis ojos entraron en ella bruscamente, sin preámbulos, derrumbando sus defensas por los labios entreabiertos. Forcé sus globos de carne henchida, enmascarados en un carmín insolente, que se abrieron bajo mi presión como una flor bajo la lluvia.

Recorrí sus dientes blancos, perfectos, de ortodoncia temprana, y saboreé sus encías con sabor a clorofila. Me entretuve en su lengua, largamente, mojando de saliva su extremo con la punta de la mía, jugando a detenerme súbitamente, a salir y a entrar en su boca, dejando espacios vacíos en los que absorbernos el aire respirado.

Tal fue su hambre de mí que me aspiró con ansia, engulléndome golosamente por la garganta abierta. En la oscuridad de su esófago me estremecí, al contacto de su carne prieta. Me deslicé rozando levemente sus pliegues, cayendo lentamente hacia su pozo profundo. Los vapores del ácido me anularon los sentidos, deshaciendo mi cuerpo en mil partículas esparcidas por su sangre. Y así, me fundí totalmente con ella.

Respiré su aire, el perfume fresco de su aliento a oxígeno y nitrógeno, de forma entrecortada. Me apreté, fuertemente, contra sus paredes ventriculares, excitado por el ritmo de su movimiento acompasado, acelerando su velocidad con el contacto de mis caricias.

Sentí sus células multiplicarse lúbricamente, primero dividiéndose en dos, y luego en cuatro, en ocho, en dieciséis, y así de forma infinita, con una fiebre de años esperándome, desatada.

Recorrí su cuerpo desde todos los rincones, fui sus manos y sus pies, sus caderas y su pelo, sus pechos y sus ojos. A través de ellos me vi, mirándola, admirado, amándola desde lo más hondo de mis vísceras.

Y desde ella me acerqué, me acaricié, puse mi mano de mujer en mi cintura de hombre, nos atrajimos, envueltas las piernas en un abrazo hasta rozarnos los sexos encendidos.

De nuevo me fundí, volví a ser ella, me fui hasta lo más hondo para encontrar refugio en su útero inflamado, envuelto en sangre. Se la lamí suavemente, hasta dejarla limpia, recién lavada y oliendo a mi saliva. Y allí nos amamos con prisa, desnudos de prejuicios y de anhelos vacíos.

Me apreté contra su carne, moviéndome con ansia, hasta descargar mis urgencias en su fondo cóncavo, mientras ella se precipitaba al abismo en un mar de espasmos incontrolados, con el dolor del placer durante tanto tiempo aguardado.

Al acabar, salí al exterior por su hueco más hondo, mojando sus bragas húmedas con el frío de mis aguas derramadas. Al instante, una luz blanca me cegó, noté unos golpes bruscos en las nalgas, y al verme fuera de ella, rompí a llorar.


4 comentaris on “Entrar sin llamar (lujuria)”

  1. paragrafies escrigué:

    “calentem” motors?😉

    y.

  2. meri escrigué:

    qué pasada!!!

    • paragrafies escrigué:

      jajaja! un poco surrealista, verdad, María?
      era mi relato “2” del género erótico para el curso…😉


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