Sangre blanca

Arrastro un cansancio tan inmenso, un dolor tan infinito…

Vivo el paso de los años como una enfermedad, que mi cuerpo tóxico reactiva cada día. Todo se sucede una y otra vez, sin ningún sentido. Sumo transfusiones y préstamos de sangre que prolongan mi agonía desde el principio de los tiempos. Siento por mis venas el sabor de mil cuerpos, miles de fluidos, mil ADNs revueltos. Noto el despertar del ansia bullir en la sangre cada día, sin consuelo ni hartazgo.

Podría terminar de una vez por todas con este sufrimiento, buscar la luz de una muerte que calcine mi vida en las tinieblas y la convierta en una nube liviana de polvo y cenizas. Pero no tengo valor para dar el paso de alzar mi mano contra mí mismo. Un miedo eterno me recluye escondido entre las sombras.

Por eso espero, cada noche, que alguien se cuele en mis aposentos, rompa mi sueño en un acto de piedad absoluta y viole mi corazón esquizofrénico hasta que éste deje de bombear tanta sangre ajena.

Para facilitar el trabajo y evitar un desperdicio de armas estériles, guardo cerca del lecho una caja de herramientas con el instrumental preciso y su debido manual de instrucciones para novatos, en varios idiomas. Nunca puede uno estar seguro de dónde procederá la cura de sus males.

De momento, ni el martillo ni la estaca han sido empuñados por mano humana alguna. Nadie se ha atrevido a usarlas todavía contra mi cuerpo, tan inmensamente cansado, tan infinito…



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