Black hole in a darkroom

El vuelo Barcelona-Amsterdam resultó ser un fastidio desde el despegue hasta el aterrizaje. Me había tocado en suerte un compañero de asiento cuya nariz no cesaba de moquear, que además respiraba profusamente por la boca con ronquidos entrecortados y, para mi mayor deleite, solía acompañar cada ligera turbulencia con un “Ay Dios mío” de lo más exasperante.

Entre secreciones, sudores de pánico y exclamaciones de angustia de mi acompañante indeseado, me dediqué a hojear un periódico holandés que me había cedido la azafata low cost, muy amablemente, después de varias peticiones, tantos otros ruegos y un amago de súplica por mi parte. No es que dominara el idioma del país, – en mi vida había pisado antes de ese día territorio holandés y a duras penas me defendía con el inglés-, pero pensé que sería bueno ver qué se cocía por la ciudad aquella noche. Quería disfrutar a tope mis dos días libres antes de la convención comercial que me tendría secuestrado todo un fin de semana. Entre estrenos de cine y reclamos publicitarios, me llamó especialmente la atención un anuncio muy sugerente:

Club iT B.V. naked party!
Tonight at 12:00 pm

Come and enjoy the darkroom!
A black hole in downtown.
Amstelstraat 24. 1017DA. Amsterdam.

Consulté el plano que llevaba en la riñonera y descubrí que la dirección del antro en cuestión estaba relativamente cerca de mi alojamiento. Podía ser un buen plan para estrenar mi primera noche en Ámsterdam… rubias holandesas, sin complejos, colocadas hasta las cejas y desnudas, en un cuarto oscuro. La tierra prometida, al alcance de mi mano y de otros miembros de mi cuerpo famélico.

Cabe decir que mis últimas experiencias nocturnas me habían hecho sentir como un vegetariano en un matadero de reses, por delante del cual desfila toda una orgía de carne cruda recién cortada, sin poder echarse ni un triste bocado a la boca. Así que la invitación del Club iT me parecía de lo más sugestivo.

Al llegar al hall del hotel dejé las maletas en el suelo, sobre una alfombra de lana roja que probablemente habría conocido tiempos mejores, pero que ahora era lo más parecido a un ecosistema autosuficiente, con su flora y su fauna. Tras un breve descanso, el recepcionista me facilitó la llave de mi habitación, en el tercer piso. El encanto del establecimiento se basaba en su ausencia de ascensor, sus fantásticas lámparas Art Déco parpadeantes y sus ventanas sin cortinas, que además eran un auténtico coladero de aire. El cuarto de baño merecería un capítulo aparte, así que siendo generoso diré que cumplía su función básica: limpiar y desaguar los fluidos corporales. Obviaremos el goteo incesante del grifo, la escasa capacidad del calentador y la humedad caprichosa que crecía entre las baldosas verdes. Verde lavabo, para ser precisos. Bonito color.

Realmente poco tenía que ver aquella habitación de pensión barata con la lujosa descripción de suite tres estrellas que me vendieron por Internet. De todos modos, no estaba dispuesto a que la realidad estropeara mi maravillosa fantasía, así que deshice las maletas sobre la sospechosa colcha de lo que debería ser mi cama horas más tarde, y decidí ponerme mi mejor ropa para la ocasión. Escogí una camiseta Custo estampada, unos Levis 501 y unas botas de cuero con vocación militar. El espejo cuarteado me devolvió una imagen rompedora, de anuncio de moda. Lástima que a oscuras y desnudo no la iba a lucir mucho…

Tengo que confesar que estaba algo nervioso ante lo que me esperaba en el tal Club iT. El precio del hotel incluía media pensión, pero no me sentí con fuerzas para comer nada, de tan cerrado que tenía el estómago. A pesar de mis miedos y remilgos de paleto del Sur, decidí echarme al monte con mi mejor disposición cosmopolita, como si las juergas nudistas en un local nocturno sin luz fueran mi ocio favorito de fin de semana.

Por suerte, la guía que había comprado en Barcelona era muy completa y pude encontrar fácilmente la calle Amstelstraat, en pleno centro de la ciudad. Al llegar me costó localizar el local, ubicado en un antiguo cine en el número 24, al lado de un moderno gimnasio de culto para adictos a las hormonas. No había ningún cartel luminoso, ni guardias de seguridad en la puerta, como me había imaginado. Todavía no eran las doce de la noche, así que decidí hacer algo de tiempo esperando a que empezara la fiesta. Delante del Club había un pequeño Coffee Shop, otro de los reclamos turísticos de la ciudad, así que entré dispuesto a meterme algo en el cuerpo que pudiera relajarme, porque a cada minuto que pasaba me sentía más excitado y nervioso.

Me tomé una cerveza mientras esperaba la variedad india de marihuana que había escogido de la carta que me mostró el camarero. El bar estaba lleno de turistas españoles e italianos que fumaban un canuto tras otro. Se podía contar las horas que hacía que estaban en él por el tono de color de sus ojos. Había una extensa gama desde el blanco hasta el rojo intenso, en distintas variedades de amarillo, naranja y rosa pálido.

Finalmente me sirvieron el porro en una bandejita, junto con una caja de cerillas con publicidad del propio Coffee Shop. En las primeras caladas ya noté los efectos de relajación y felicidad despreocupada que pretendía conseguir. Poco a poco fui perdiendo el miedo y me invadió una euforia por comerme el mundo y a cuanta holandesa se me pusiera por delante, así que pagué la cuenta y me dispuse a entrar en el Club iT, pasada ya la medianoche.

Toqué el timbre de la puerta, tan desierta como unos minutos antes, e inmediatamente se abrió de forma automática ante mí. Al entrar, me costó acomodar los ojos a la escasa luz del vestíbulo, donde en una cabina había un hombre que vendía los tickets a treinta euros. Me pareció un poco caro, pero pensé que la ocasión se lo merecía. El sujeto en cuestión me indicó, en el poco inglés que pude ser capaz de entender, algo así como que debía entrar en un cuarto lateral donde me tenía que desnudar, dejar la ropa en un armario y entrar por la puerta trasera que daba a la sala central del darkroom. Estaban prohibidos los móviles, las cámaras digitales y los encendedores. No se podía hablar en voz alta ni preguntar el nombre a nadie. En cambio, podía disponer de lubricante y cuantos preservativos necesitara, a cuenta de la casa.

Seguí todas sus instrucciones y finalmente, en pelotas y sin gafas, entré por la puerta trasera en la sala donde se celebraba la fiesta. Al traspasar una gruesa cortina negra se hizo la oscuridad más absoluta, lo cual me obligó a avanzar a tientas para no caer o tropezar con algo o con alguien. Olía un poco raro, allí dentro. Algo así como una mezcla de sudor, lejía y ginebra de garrafón barato. Mi imaginación me traicionó, formando mentalmente en mi cerebro la imagen de una mujer holandesa de la limpieza borracha y sudorosa, de pechos caídos y manos cubiertas por guantes de látex rosados. Espeluznante y antierótico a más no poder.

En la sala no había música, como había esperado. Supongo que hubiera imaginado cualquier cosa menos el silencio. Presté atención y me pareció oír unas respiraciones profundas, seguidas de algún jadeo rítmico. Intenté aguzar el oído para distinguir de dónde provenían los murmullos y cuántas personas podía haber en aquella sala, y me pareció localizar un par de voces distintas, a mi derecha. Ante su proximidad, me debatí entre huir del local rápidamente o empezar a tantear el espacio para localizar los cuerpos que emitían semejantes sonidos. Opté por quedarme, más por parálisis de mis piernas que por real convicción de mi voluntad.

Fuera por intuición o por el traqueteo de mis dientes, producto del frío y del pánico, alguien me oyó, pues pude notar una presencia que se acercaba hacia el lugar donde yo me encontraba plantado como un espárrago. Sin mediar palabra alguna en ninguna lengua conocida, introdujo la suya propia en mi boca y empezó a palpar cada centímetro de mi cuerpo. Su aliento me dejó en la garganta un sabor seco a tabaco y a alcohol. Una mujer dura, pensé. Noté que el vello se me erizaba aún más y mi miembro empezaba a despertar de un largo sueño. No tuve tiempo de reaccionar siquiera cuando ya me encontré apoyado en la pared, de espaldas y con las dos manos enredadas entre los cabellos de una cabeza succionadora que me trabajaba apasionadamente. Notaba el pulso acelerarse por momentos, un temblor de piernas in crescendo y un ardor de estómago fruto de la combinación de vacío y marihuana. Toda la sangre que debería haberse alojado en un punto central de mi anatomía se desplazó hacia las sienes, que parecían a punto de estallar. Mi amante desconocida me clavaba las uñas en la carne, a la altura de las caderas, añadiendo algo más de dolor a mi sufrimiento.

De todos modos, conseguí sobreponerme al más puro sentido del ridículo y pensé en disfrutar de la oportunidad que me brindaba la situación que estaba experimentando, personalizada en la sabiduría de esa boca tan experta que se había apropiado de una parte de mi cuerpo. Con la mente totalmente en blanco, me dejé llevar por la sensación de descontrol y noté cómo otra lengua me recorría los pezones mientras la primera boca no dejaba de succionar mi aparato como si quisiera ordeñarme. La recién llegada empezó a trazar círculos de saliva en mi pecho, cada vez más rápido, subiendo hacia mi cuello, hasta que me besó bruscamente en los labios mientras con una mano me acariciaba el culo, que yo tenía firmemente apretado contra la pared por los envites de mi primera amante. Al notar sus labios en mi boca me di cuenta de un detalle que me desconcertó. O no se había depilado en cien años o bien quien me estaba besando era un hombre, por error. Alargué la mano hasta tocar su cuerpo, y me di cuenta de que definitivamente, lo era. ¡Y tanto que lo era!

Alarmado, me aparté de un salto de su boca y del exprimidor humano que seguía succionando mis bajos fondos y en mi mejor inglés le grité:

– Hey, hey! I’m a man!

A lo que él me contestó, tranquilamente:
– Yes, of course. And we are men, too. All of us…

Mejor me ahorro los detalles de la huída a la carrera que emprendí para alejarme del local. Sólo os diré que no fue hasta llegar al hall del hotel cuando me di cuenta de que estaba completamente desnudo y con el cuerpo lleno de chupetones.

Os confieso que mi vida no ha sido la misma desde entonces. Me siento como si hubiera caído en un profundo agujero negro


3 comentaris on “Black hole in a darkroom”

  1. paragrafies escrigué:

    Gràcies, gràcies, gràcies pel tema.😉

    Ufs, quin vertigen! Amb això haig de quedar bé…
    Yes, I like it.

    PD: L’enquadrament, fantàstic.

    y.

  2. Viajes.net escrigué:

    ¡Buenas! Hemos visto que este blog también participa en los premios 20 blogs y nos hemos pasado para echarle un vistazo, nosotros también nos presentamos en la categoría de viajes http://lablogoteca.20minutos.es/blog-de-viajesnet-331/0/
    Y no hemos querido irnos sin antes dejar un comentario.
    Saludos y mucha suerte en el concurso, aunque la cosa está complicada…

  3. paragrafies escrigué:

    Diria que la més llarga de totes… però comfio que sigui digerible!😉

    Y.


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