Sorderas y sordinas

Se despertó, súbitamente, sobresaltado por un estruendo ensordecedor. Parecía como si le fuera a explotar la cabeza y, al mismo tiempo, alguien le estuviera golpeando brutalmente el vientre con el puño y arrancándole las vísceras de cuajo.

De repente, vino el dolor. Un inmenso dolor desde las raíces del cabello hasta la uñas de los pies. Un dolor como millones de agujas clavadas por todo el cuerpo y un zumbido agudo de abejas resonando en sus oídos, al igual que un timbre que no cesa.

El profundo olor a gas que inundaba el aire le impedía respirar con normalidad. Perdió la noción del tiempo y del espacio, aunque algo en su interior le decía que debía estar en su habitación, tumbado boca abajo sobre su cama. Respiró a bocanadas una mezcla espesa de aire, azufre y polvo de yeso, notando en la lengua el sabor del algodón y la arena mojada.

Todo era silencio. Un silencio con el eco sordo de mil sonidos revueltos en un zumbido incesante, sin tregua.

Sentía la oscuridad como una espesa cortina que lo cubriera todo, hasta su cuerpo inmóvil. Empezaba a sentirse mareado. Sintió el estómago contraerse en espasmos involuntarios y en unos segundos empezó a vomitar. Un hilo de espuma densa brotaba de su boca, mezclando su hedor a bilis y huevos podridos con el sabor del algodón.

Entonces se dio cuenta de que no podía moverse. Lo intentó, pero no pudo. Algo le aplastaba el cuerpo contra las sábanas, llenando todos los huecos como un molde de yeso, ahogando sus pulmones con la presión. En ese momento, se desmayó.

Cuando abrió los ojos, una intensa luz le cegó por unos instantes. No reconoció el lugar, los objetos ni las personas que lo rodeaban. Sólo eran manchas difusas entre destellos deslumbrantes, fantasmas en movimiento que emitían sonidos en sordina, como voces al final de un túnel.

Poco a poco fue recobrando la consciencia. Se vio tumbado boca arriba sobre una cama con sábanas limpias, con olor a lavanda y a almidón; rodeado de médicos y enfermeras que observaban sus constantes vitales y manipulaban su cuerpo a voluntad. Sintió la aguja clavada en el brazo, la cánula en la nariz y las vendas alrededor de las costillas. Experimentó de nuevo un eco del dolor que hubo sentido, e intentó hablar para pedir ayuda. Su boca emitió únicamente un susurro débil, casi inaudible. Por mucho que se esforzaba, no conseguía articular las palabras a un volumen normal, así que su despertar pasó totalmente inadvertido entre el personal médico.

Cuando se volvió a encontrar solo en la habitación, sin el ajetreo de los pasos ni el sonido de las conversaciones ajenas, volvió a oír de nuevo aquel zumbido que le hubo sobrevenido de repente, cuando la oscuridad se le vino encima. Un ruido vibrante que no parecía querer abandonarle en ningún momento, situado a medio camino entre el oído y el cráneo, volviéndolo loco.

A medida que pasaron los días, fue curando las heridas del traumatismo sufrido tras la explosión. Recobró la visión, la movilidad en brazos y piernas, la capacidad de hablar, las funciones digestivas y renales, el ritmo cardíaco, el hambre… Incluso recuperó la audición a un nivel que le permitía comunicarse, aunque no sin un cierto esfuerzo, con los demás.

Tras unas semanas en observación en el hospital, los médicos le dieron el alta para que pudiera seguir la recuperación en casa. Debía guardar reposo y descansar adecuadamente, le dijeron. Le programaron un calendario de visitas con distintos especialistas: traumatólogos, neurólogos, otorrinolaringólogos… una larga lista de facultativos cuya misión parecía ser el mantenerlo atado a la débil esperanza de incorporación a una vida normal.

Para el zumbido, le prescribieron ansiolíticos y antidepresivos, únicos fármacos que podían paliar la percepción auditiva de un sonido tan molesto. Para la sordera, le recomendaron unos audífonos de moderna fabricación, con capacidad para captar todo tipo de frecuencias. Para el dolor muscular y óseo le recetaron calmantes y le aconsejaron seguir un tratamiento de reposo diario en cama y fisioterapia semanal. Pero él ya no tenía cama adónde volver. Ni casa ni esposa ni familiares en la ciudad. Así que, con el dinero del seguro, alquiló un apartamento en un barrio céntrico y se mudó a su nuevo hogar dispuesto a empezar una nueva vida. Se sentía preparado para enfrentar su futuro con espíritu de lucha y afán de superación, a pesar del dolor por las múltiples pérdidas.

Una vez instalado, y con la ayuda de las muletas que le dieron en el hospital, se acostumbró a la rutina de salir a pasear cada día alrededor de su calle, durante unos minutos. Los ruidos del tráfico y de la marea humana que caminaba en todas direcciones, las voces de los transeúntes, los sonidos de las obras… toda aquella orquesta polifónica aturdía la huella sonora que quedó grabada en su memoria tras el accidente. Le relajaba por unos instantes, ocultando el silencio hiriente que resonaba en su interior.

Uno de esos días, cuando ya hacía más de una semana que estaba acomodado en su nuevo piso, decidió comprarse un reproductor de música y unos cuantos cedés de sus grupos favoritos, para disfrazar el zumbido constante y descansar por las noches. Entró en un centro comercial cercano a su domicilio, donde podía escuchar los álbumes antes de comprarlos, pero por más que probó todos y cada uno de los auriculares, ninguno emitía melodía alguna. Parecía que aquel día se habían puesto todos de acuerdo para estropearse a la vez. Así que decidió comprar únicamente discos que ya conocía y había escuchado anteriormente. Se decantó por dos de jazz clásico, uno de soul y uno último de pop ochentero.

Cuando llegó a casa, conectó la cadena a la corriente e introdujo uno de los cedés para disponerse a oírlo mientras cenaba, tranquilamente. Pero el aparato parecía estar completamente mudo. Sólo emitía un rugido agudo, tan estridente que dañaba los tímpanos. Probó con otro disco, pero le ocurrió exactamente lo mismo, y así con los cuatro que hubo comprado. De ello dedujo que debía ser un problema del reproductor, así que decidió devolverlo al día siguiente. Para compensar su frustración conectó la radio, dispuesto a escuchar algún programa musical en directo. Pero lo único que pudo sintonizar fueron emisoras de noticias y tertulias radiofónicas. Ni una sola cadena que emitiera un programa de música. Ni una.

Aquello le pareció muy extraño, puesto que el dial marcaba las frecuencias digitales como si estuvieran emitiendo señal, pero únicamente se oía un zumbido intenso y penetrante, tan agudo como el chirrido de unos neumáticos sobre el asfalto.

Al día siguiente se dirigió a la tienda, dispuesto a realizar la devolución del aparato que había comprado la tarde anterior. La dependienta, una mujer poco amante de las demostraciones efusivas de amabilidad, quiso comprobar el funcionamiento erróneo del aparato antes de formalizar su devolución, así que introdujo uno de los cedés que el cliente le había traído para comprobar el origen del problema y se dispuso a escuchar el ruido que, según él, emitía.

Su rostro, indiferente al principio, fue tornándose en burla a medida que iban pasando los minutos y un silencio sordo y rugiente se imponía en el mostrador de la tienda.

– ¿Lo ve? No se oye música, solo ese sonido tan desagradable… – dijo él, en tono molesto.

La mujer miró a aquél hombre durante unos instantes y finalmente le contestó:

– Mire, caballero, contra gustos no hay nada escrito, pero a mí personalmente “What a Wonderful World” me parece una canción muy bonita…


One Comment on “Sorderas y sordinas”

  1. paragrafies escrigué:

    Tot i que quedi tancat,
    continuarà…
    😉

    y.


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