El cabaret de los amores perdidos

La vida en un pañuelo de papel, arrugado y húmedo.
El amor en un pañuelo de hilo, cubriendo lunas de hiel.
Trapecistas ciegos suspendidos en el aire,
ingrávidos, sostenidos por mil y un globos de helio.

Comediantes desnudos bajo la carpa del circo,
con los cuerpos envueltos en polvo de oro y miel.
Vértigo de bailarinas en cajas de música sin cuerda,
al son de acordeones tristes del cabaret.

Acordeón de las notas abandonadas
en las costuras de los vestidos empolvados.
Mejillas bermellón en cutis disfrazados,
con afeites de polvo de talco, descoloridos.

Caídas sin red en el suelo de la pista,
formando charcos de sangre coagulada.
Sin llanto ni quejidos, sus gargantas se asfixian
con las viejas canciones de los amores perdidos.


Metamorfosis

Quisiera ser el humo que quema tu garganta,
volverme niebla espesa dentro de tus pulmones,
sentir cómo me aspiras y penetro tu aire,
usurpando tu cuerpo e inundando tu alma.

Vestirme con tu piel, recortarme las uñas,
deshinchar ambos pechos y endurecer los músculos,
mudar la piel a blanco, platear los cabellos,
pintar de verde los ojos y acortar las pestañas.

Convertir el sexo propio del cóncavo al convexo,
esculpir las caderas, hacer crecer el pelo,
apoyar los cristales sobre nariz y orejas,
palidecer los labios y engrandecer el cuello.

Quisiera poder ver cómo me ves por fuera,
crecer en tus adentros como las células muertas,
volverme cual parásito que come las entrañas,
y convertirme en ti, para amarte de veras.


Algo más que amor propio

Aisha Rashid decidió que solo se casaría con alguien que la amara más que a su propia vida y que pensara en ella por encima de todas las cosas.

Alguien que conociera hasta el último rincón de su cuerpo, que supiera leer el alma en sus ojos y anticiparse a sus deseos más ocultos, que bebiera el agua en su boca y fuera miel en sus labios. Alguien con quien bailar la lluvia y contar los surcos arados en la tierra y en la piel.

Alguien a quien le gustaran las mismas cosas, que disfrutara con la misma comida y que adorara los mismos lugares visitados.

Alguien que comprendiera sus silencios y amansara sus iras, que no la agobiara con reclamos constantes y supiera respetar su independencia, que la ayudara en todo sin pedir nada a cambio. Alguien que venerara hasta el rastro del perfume a su paso.

Alguien junto a quien envejecer día a día, que no la abandonara nunca ni le fuera infiel, que estuviera a su lado cuando cayera enferma, que llorara con ella en los momentos tristes y que con su voz hiciera el eco de su risa.

Y así fueron sucediéndose infinidad de amantes, uno tras otro. Morenos como el ébano de corazón albino, eunucos del amor disfrazados de poetas, jóvenes impacientes del “te quiero” prematuro, viudos indolentes perdidos en el pasado, fanáticos religiosos adictos a la mentira, pastores malolientes de manos sudorosas, médicos estresados de manicura fina, flacos abúlicos sin sangre en las venas, gordos anestesiados anémicos de sentimiento, extranjeros huidizos como humo en la niebla, filósofos mancos de la palabra eterna, viajantes de comercio sin destino preciso, granjeros mugrientos con sabor a leche agria, viejos desdentados sin testamento anímico…

Pasaron multitud de hombres bajo sus faldas largas. Muchos se enredaron entre sus sábanas blancas; algunos se quedaron más de una primavera; unos pocos le prometieron aburrimiento eterno y a todos les echó con el mismo desdén y la esperanza intacta.

Hasta que, tras años de candidatos rechazados y noviazgos rotos, de ilusiones desbaratadas y de noches vacías, finalmente encontró aquello que buscaba en una sola persona.

Y una mañana de agosto, a sus cuarenta y dos años, Aisha decidió dejar de esperar y casarse consigo misma.


Sorderas y sordinas

Se despertó, súbitamente, sobresaltado por un estruendo ensordecedor. Parecía como si le fuera a explotar la cabeza y, al mismo tiempo, alguien le estuviera golpeando brutalmente el vientre con el puño y arrancándole las vísceras de cuajo.

De repente, vino el dolor. Un inmenso dolor desde las raíces del cabello hasta la uñas de los pies. Un dolor como millones de agujas clavadas por todo el cuerpo y un zumbido agudo de abejas resonando en sus oídos, al igual que un timbre que no cesa.

El profundo olor a gas que inundaba el aire le impedía respirar con normalidad. Perdió la noción del tiempo y del espacio, aunque algo en su interior le decía que debía estar en su habitación, tumbado boca abajo sobre su cama. Respiró a bocanadas una mezcla espesa de aire, azufre y polvo de yeso, notando en la lengua el sabor del algodón y la arena mojada.

Todo era silencio. Un silencio con el eco sordo de mil sonidos revueltos en un zumbido incesante, sin tregua.

Sentía la oscuridad como una espesa cortina que lo cubriera todo, hasta su cuerpo inmóvil. Empezaba a sentirse mareado. Sintió el estómago contraerse en espasmos involuntarios y en unos segundos empezó a vomitar. Un hilo de espuma densa brotaba de su boca, mezclando su hedor a bilis y huevos podridos con el sabor del algodón.

Entonces se dio cuenta de que no podía moverse. Lo intentó, pero no pudo. Algo le aplastaba el cuerpo contra las sábanas, llenando todos los huecos como un molde de yeso, ahogando sus pulmones con la presión. En ese momento, se desmayó.

Cuando abrió los ojos, una intensa luz le cegó por unos instantes. No reconoció el lugar, los objetos ni las personas que lo rodeaban. Sólo eran manchas difusas entre destellos deslumbrantes, fantasmas en movimiento que emitían sonidos en sordina, como voces al final de un túnel. Llegeix la resta d’aquesta entrada »


¿A qué piso va?

A Mateo Díaz había dos cosas en el mundo que no le gustaban: los ascensores y las personas, aunque no necesariamente por este orden.

Por separado, procuraba evitarlas en la medida de lo posible, y juntas, le provocaban un profundo malestar. Es por ello que, siempre que podía, intentaba subir en el ascensor de su casa completamente a solas, para que a la angustia por el encierro en un cubículo tan estrecho no se le sumara la estupidez de una conversación insulsa y sin sentido.

Aquel día, mientras Mateo subía los cuatro pisos de altura hasta llegar a su rellano sin la compañía de vecino alguno, el ascensor decidió quedarse parado justo entre el tercer y el cuarto piso, en un espacio intermedio sin numeración.

Tras la leve sacudida que sucedió a la parada, su reacción inicial fue de pánico contenido. Por unos instantes se quedó totalmente paralizado, sintiendo cómo el pulso se aceleraba y el estómago se estrangulaba en un nudo. Pasados unos segundos, cuando pudo recuperar el uso de sus facultades, empezó a pulsar todos los botones de los pisos compulsivamente, por ver si alguno de ellos accionaba el mecanismo eléctrico que pusiera en funcionamiento aquel trasto endemoniado, que había querido estropearse justo en el momento más indebido.

Al ver que el ascensor no reaccionaba mecánicamente a sus impulsos, su cuerpo se convirtió en un manojo de nervios. El sudor le caía a goterones por las sienes, los dientes le castañeaban y las manos no dejaban de temblar mientras pensaba de qué modo podía conseguir ayuda para salir de aquella jaula de hierro sin ventanas.

Con el paso del tiempo, el pánico iba creciendo en su interior, demoliendo las barreras de las buenas formas e invadiendo todas sus funciones corporales. Tras pulsar repetidamente el botón de alarma, empezó a gritar en busca de socorro, aumentando el volumen a cada chillido, hasta que la garganta se le secó completamente. En la escalera todo era silencio. Al quedarse sin voz, pensó en utilizar otras partes de su cuerpo para reclamar la atención de los vecinos. Entonces comenzó a golpear las paredes con puños y pies, pero al ver que no conseguía alertar a nadie, en un acto de desesperación absoluta le pegó una tremenda patada a la puerta del ascensor, con toda la fuerza de la que fue capaz. Ante su sorpresa, ésta cedió, derribando consigo el muro de cemento y abriendo un profundo agujero en la pared. Llegeix la resta d’aquesta entrada »


Deseo ocular

Vértigo en los ojos cuando te besan la piel,
a cada encuentro.

Mi carne se deshace por las extremidades;
primero van las manos en un calambre eléctrico,
luego le siguen brazos y el hueco de los codos,
el puente de los hombros y el pliegue en las axilas.

El viento que me arrastra
demuele las murallas de mis pechos,
derramando leche de almendras y azúcar de caña,
con un sabor dulzón a caramelo derretido.

Sorbos de espuma emanan del manantial de mi boca,
en vaivenes que hunden, azotan y relajan el estómago.

Su marea me sumerge en un pozo sin fondo,
en ese parpadeo del corazón que responde
a un millar de cosquillas en los dedos.

En un instante siquiera, un suspiro fugaz sin oscuridad.
La suave presión entre las piernas,
húmedas del agua de mi fuente.

Me falta la respiración y me embriago
al borde del desvanecimiento.

Sólo con mirarte, posees mi luz.


Black hole in a darkroom

El vuelo Barcelona-Amsterdam resultó ser un fastidio desde el despegue hasta el aterrizaje. Me había tocado en suerte un compañero de asiento cuya nariz no cesaba de moquear, que además respiraba profusamente por la boca con ronquidos entrecortados y, para mi mayor deleite, solía acompañar cada ligera turbulencia con un “Ay Dios mío” de lo más exasperante.

Entre secreciones, sudores de pánico y exclamaciones de angustia de mi acompañante indeseado, me dediqué a hojear un periódico holandés que me había cedido la azafata low cost, muy amablemente, después de varias peticiones, tantos otros ruegos y un amago de súplica por mi parte. No es que dominara el idioma del país, – en mi vida había pisado antes de ese día territorio holandés y a duras penas me defendía con el inglés-, pero pensé que sería bueno ver qué se cocía por la ciudad aquella noche. Quería disfrutar a tope mis dos días libres antes de la convención comercial que me tendría secuestrado todo un fin de semana. Entre estrenos de cine y reclamos publicitarios, me llamó especialmente la atención un anuncio muy sugerente:

Club iT B.V. naked party!
Tonight at 12:00 pm

Come and enjoy the darkroom!
A black hole in downtown.
Amstelstraat 24. 1017DA. Amsterdam.

Consulté el plano que llevaba en la riñonera y descubrí que la dirección del antro en cuestión estaba relativamente cerca de mi alojamiento. Podía ser un buen plan para estrenar mi primera noche en Ámsterdam… rubias holandesas, sin complejos, colocadas hasta las cejas y desnudas, en un cuarto oscuro. La tierra prometida, al alcance de mi mano y de otros miembros de mi cuerpo famélico.

Cabe decir que mis últimas experiencias nocturnas me habían hecho sentir como un vegetariano en un matadero de reses, por delante del cual desfila toda una orgía de carne cruda recién cortada, sin poder echarse ni un triste bocado a la boca. Así que la invitación del Club iT me parecía de lo más sugestivo.

Al llegar al hall del hotel dejé las maletas en el suelo, sobre una alfombra de lana roja que probablemente habría conocido tiempos mejores, pero que ahora era lo más parecido a un ecosistema autosuficiente, con su flora y su fauna. Tras un breve descanso, el recepcionista me facilitó la llave de mi habitación, en el tercer piso. El encanto del establecimiento se basaba en su ausencia de ascensor, sus fantásticas lámparas Art Déco parpadeantes y sus ventanas sin cortinas, que además eran un auténtico coladero de aire. El cuarto de baño merecería un capítulo aparte, así que siendo generoso diré que cumplía su función básica: limpiar y desaguar los fluidos corporales. Obviaremos el goteo incesante del grifo, la escasa capacidad del calentador y la humedad caprichosa que crecía entre las baldosas verdes. Verde lavabo, para ser precisos. Bonito color.

Realmente poco tenía que ver aquella habitación de pensión barata con la lujosa descripción de suite tres estrellas que me vendieron por Internet. De todos modos, no estaba dispuesto a que la realidad estropeara mi maravillosa fantasía, así que deshice las maletas sobre la sospechosa colcha de lo que debería ser mi cama horas más tarde, y decidí ponerme mi mejor ropa para la ocasión. Escogí una camiseta Custo estampada, unos Levis 501 y unas botas de cuero con vocación militar. El espejo cuarteado me devolvió una imagen rompedora, de anuncio de moda. Lástima que a oscuras y desnudo no la iba a lucir mucho…

Tengo que confesar que estaba algo nervioso ante lo que me esperaba en el tal Club iT. El precio del hotel incluía media pensión, pero no me sentí con fuerzas para comer nada, de tan cerrado que tenía el estómago. A pesar de mis miedos y remilgos de paleto del Sur, decidí echarme al monte con mi mejor disposición cosmopolita, como si las juergas nudistas en un local nocturno sin luz fueran mi ocio favorito de fin de semana. Llegeix la resta d’aquesta entrada »


Maigret sanglant et foie gras aux fines herbes

Siento el olor de las cloacas penetrar por los poros de mi piel, depositar su sedimento hediondo en mis fosas nasales, como los restos de carne putrefacta se enquistan entre los dientes y saben a podredumbre y a beso rancio, al cabo de los días.

Masticando la humedad espesa, con los ojos clavados en la instantánea del álbum, repaso el sabor de tus aullidos en mi boca mientras deslizo la lengua por las encías sangrantes. Recupero de nuevo pedazos de tu cuerpo, degustando músculos y cartílagos olvidados entre incisivos y molares.

Vuelve a mí tu recuerdo y pienso que, sin lugar a dudas, fuiste el más sabroso de mis banquetes venéreos, el filete con más delirio y apetito, devorado.

Lástima de las moscas sobre la sangre seca, del pelo hecho jirones enredado entre zarzas, de la postura imposible y la rigidez del cuello, de mis restos de piel entre tus uñas rotas, de la premura de cortes y el desorden de tripas, desparramadas y confusas sobre la hierba mojada, empapada de ti. Esta imagen no te hace justicia, porque el bocado fue exquisito.

En el futuro aprendí a cuidar mejor la presentación de mis platos, porque en la escuela me enseñaron que es algo sumamente importante en la cocina moderna, donde la comida nos entra, principalmente, por los ojos…


Sangre blanca

Arrastro un cansancio tan inmenso, un dolor tan infinito…

Vivo el paso de los años como una enfermedad, que mi cuerpo tóxico reactiva cada día. Todo se sucede una y otra vez, sin ningún sentido. Sumo transfusiones y préstamos de sangre que prolongan mi agonía desde el principio de los tiempos. Siento por mis venas el sabor de mil cuerpos, miles de fluidos, mil ADNs revueltos. Noto el despertar del ansia bullir en la sangre cada día, sin consuelo ni hartazgo.

Podría terminar de una vez por todas con este sufrimiento, buscar la luz de una muerte que calcine mi vida en las tinieblas y la convierta en una nube liviana de polvo y cenizas. Pero no tengo valor para dar el paso de alzar mi mano contra mí mismo. Un miedo eterno me recluye escondido entre las sombras.

Por eso espero, cada noche, que alguien se cuele en mis aposentos, rompa mi sueño en un acto de piedad absoluta y viole mi corazón esquizofrénico hasta que éste deje de bombear tanta sangre ajena.

Para facilitar el trabajo y evitar un desperdicio de armas estériles, guardo cerca del lecho una caja de herramientas con el instrumental preciso y su debido manual de instrucciones para novatos, en varios idiomas. Nunca puede uno estar seguro de dónde procederá la cura de sus males.

De momento, ni el martillo ni la estaca han sido empuñados por mano humana alguna. Nadie se ha atrevido a usarlas todavía contra mi cuerpo, tan inmensamente cansado, tan infinito…


Me olvidé de tu nombre

Puedo leer cada letra, una a una, en su orden concreto. Pronunciar la palabra completa, de un tirón, sin tropiezos. Escribir en minúsculas o mayúsculas los signos, con mi caligrafía perezosa.

Puedo hacer todo eso, como antes hiciera.

Pero ya no viaja en el viento tu nombre, en un susurro, ni bailan tus sílabas al son de mis latidos. Ya no veo tu cuerpo en cada curva insinuante, tu sonrisa en la onda de cada ligadura, tu ombligo en el hueco de una “o” diminuta, y tu sexo en el gesto de un trazo ascendente.

Me olvidé de tu nombre, y no sé desde cuándo.